Cumbre del Clima: no hay plan B

La semana pasada escribíamos sobre la Cumbre del Clima de Nueva York que ha congregado a una amplia representación de líderes mundiales, entre los que se encontraban 126 jefes de Estado y de Gobierno y 800 altos representantes de empresas, entidades financieras y sociedad civil.

A lo largo de esta cumbre se han podido ver algunas señales positivas. En primer lugar, sorprende escuchar al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, situando el cambio climático como amenaza mayor, incluso, que el terrorismo: “De todos los retos inmediatos que enfrenta el planeta, como el terrorismo, la inestabilidad, la desigualdad y las enfermedades, no hay ninguno que defina más a este siglo que la urgente y creciente amenaza del cambio climático”.

Los líderes mundiales han reconocido que es necesario y urgente reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, alcanzando el máximo histórico antes de 2020, así como fortalecer la resiliencia de la población mundial, prestando especial atención a los colectivos más vulnerables. También se han comprometido a preparar un borrador de acuerdo “ambicioso” para la próxima Conferencia de las Partes (COP-20) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebrará en diciembre de este año en Lima, con el fin de cerrarlo en la COP-21 de 2015 en París.

Sin embargo, estas declaraciones no han venido acompañadas de suficientes compromisos concretos, que era el objetivo principal de la Cumbre. Las medidas presentadas han sido, en general, poco detalladas y en muchos casos “recicladas” de compromisos anteriores, lo que pone en duda la efectividad y veracidad de los mismos.

En relación con la financiación, destaca el compromiso de diversos gobiernos para dotar al Fondo Verde del Clima de algo más de 2.300 millones de dólares, aunque esta cantidad queda lejos de la inversión que demandan algunas organizaciones de la sociedad civil, como Oxfam, situada en el orden de 15.000 millones de dólares para los 3 primeros años de operación.

Por otro lado, se ha escenificado un cierto interés creciente de los inversores internacionales por los negocios “verdes” y una menor atención a los combustibles fósiles. Sin embargo, no se han concretado medidas que regulen los flujos financieros para asegurar este cambio de orientación y evitar que sea un lavado de cara.

La Unión Europea ha presentado su compromiso de reducción de emisiones de un 40% en 2030, respecto a los niveles de 1990, y China ha anunciado que reducirá en un 40% la intensidad de sus emisiones de carbono para 2020, duplicando además su apoyo financiero a la cooperación Sur-Sur en temas de cambio climático. Adicionalmente, 73 países, que representan el 54% de las emisiones de carbono, han mostrado su apoyo a seguir fijando un precio a las emisiones de gases de efecto invernadero.

Especialmente positivo ha sido el protagonismo de los líderes de América Latina, que han llegado a la cumbre con propuestas concretas para avanzar hacia un modelo de desarrollo bajo en carbono, a través de las energías renovables y la lucha contra la deforestación.

También es destacable el mensaje que ha trasladado el G77 a los países desarrollados: “Hacemos un llamado a los países desarrollados a que asuman el liderazgo en la respuesta al cambio climático, que no solo amenaza las perspectivas de avances de los países en desarrollo y su logro del desarrollo sostenible, sino también la propia existencia y la sobrevivencia de los países, las sociedades y los ecosistemas de la Madre Tierra”.

A pesar de los resultados agridulces y, en cualquier caso, claramente insuficientes de la Cumbre, parece indudable que la concentración actual de gases de efecto invernadero en la atmósfera y la amenaza que esta conlleva de forma especial sobre las personas más pobres, ponen de manifiesto que la era de los combustibles fósiles debería llegar a su fin, y que ningún gobierno debería dejar Nueva York pensando que los deberes están hechos.

Desde esta Cumbre hasta los próximos encuentros en Perú y en París, hacen falta medidas concretas, ambiciosas y urgentes de mitigación y adaptación al cambio climático.

No hay plan B.

Alberto Guijarro, Experto Sectorial de Agua y Energía de ONGAWA

 

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