Cumbre del Clima: siempre nos quedará París

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El pasado fin de semana terminó la Cumbre del Clima de Lima, con el lanzamiento de la Llamada a la Acción de Lima”, un documento de 5 páginas que recoge el acuerdo de casi 200 países y que constituye un primer paso hacia el acuerdo global por el clima que debe ser alcanzado en París a finales de 2015. Ha sido la vigésima parte (COP20) de un partido que está llegando a su final, aunque los jugadores – los gobiernos-, no han desplegado todavía todo su “potencial” para concretar compromisos de reducción de emisiones ambiciosos y justos.

Por primera vez en la historia se ha acordado que la agenda de reducción de emisiones sea global, bajo un principio – aceptado a regañadientes por muchos países emergentes – de responsabilidades comunes pero diferenciadas, a la luz de sus capacidades respectivas y de las circunstancias nacionales. Esto ha supuesto una cesión por parte de los países emergentes, que debido a su creciente contribución a las emisiones deberán asumir compromisos de reducción, aunque a la luz de sus circunstancias nacionales, por lo que no se puede saber de momento en qué se traducirá. Lo que sí resulta indudable es que esta cesión, unida a la responsabilidad de los países desarrollados en las emisiones acumuladas históricamente, refuerza todavía más la necesidad de que los países ricos asuman nuevos y mayores compromisos de reducción de emisiones y de aportación de fondos, lo que durante la Cumbre de Lima no se ha producido.

Tras un escenario inicial optimista tras el acuerdo, previo a la Cumbre, para la reducción de emisiones de Estados Unidos y China, se han ido diluyendo las expectativas hasta llegar a un acuerdo que deja mucho –las decisiones más difíciles – por concretar.

Entre los aspectos positivos de la Cumbre para los países empobrecidos destaca que se ha otorgado mayor relevancia al ámbito de la adaptación, emplazando al desarrollo de un mecanismo para paliar las pérdidas y daños asociados al cambio climático que podría ser la antesala para asignar responsabilidades e incluso obligaciones por los efectos negativos del cambio climático. Asimismo, se ha reconocido que los países ricos deberán ayudar a los países en desarrollo en la lucha contra el cambio climático, a través de la inversión en tecnologías limpias y aumentando las ayudas climáticas, aunque no se ha especificado la forma de alcanzar los 100.000 millones de dólares anuales a los que se quiere llegar en 2020, y por el momento dicha cifra parece lejana.

Otro de los elementos más relevantes que se han discutido, aunque no se ha especificado en la declaración final de la Cumbre, reside en el relativamente alto consenso entre los negociadores acerca de la necesidad de terminar con los combustibles fósiles, aunque está por ver qué fechas concretas acabarán por concretarse al respecto.

No se han incluido compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, aunque se emplaza a todos los gobiernos a presentar a Naciones Unidas, antes del 1 de octubre de 2015, sus propuestas de reducción de una manera “clara, transparente y entendible”, y desde el acuerdo de Lima se “invita” a que dichos países comuniquen estos compromisos en el primer cuatrimestre de 2015. Estas propuestas de reducción “podrán incluir” (o no) detalles como el año base o los objetivos anuales de reducción, y no se establece ningún mecanismo que permita comparar dichos compromisos, aunque Naciones Unidas analizará el impacto global de las propuestas para determinar si esta acción colectiva es suficiente para limitar el incremento de temperatura por debajo de los 2ºC, lo que mostrará a través de un informe el 1 de noviembre de 2015.

Otros aspectos que han quedado pendientes de concretar han sido la estructura legal del acuerdo que deberá firmarse en 2015, que será de vital importancia a la hora de exigir el cumplimiento de los compromisos comprometidos.

El partido sigue en juego…

Las negociaciones en Lima han dado lugar a un documento de 37 páginas de “Elementos para un borrador de texto de negociación”, que deberá ser discutido y consensuado de aquí a la Cumbre de París del año que viene, aunque las opciones están todavía muy abiertas. Por ejemplo, en la reducción de emisiones se baraja desde un escenario de cero emisiones en 2050 hasta estrategias de desarrollo de bajas emisiones.

Los representantes gubernamentales y de Naciones Unidas han expresado una moderada satisfacción con el trabajo realizado en Lima, aunque las organizaciones de la sociedad civil han coincidido mayoritariamente en resaltar que los avances que se han producido no responden adecuadamente a la urgencia y relevancia del reto climático al que se enfrenta la comunidad internacional, y muy especialmente la población de los países en desarrollo, la más vulnerable a los efectos del cambio climático y la que menos responsabilidad histórica ha tenido en las emisiones de CO2.

A un año del plazo límite para establecer un acuerdo consensuado y vinculante para la mitigación y adaptación al cambio climático, resulta indudable que los gobiernos tienen mucho trabajo por realizar. Ante esto, las organizaciones de la sociedad civil deberán facilitar que la voz de la ciudadanía mundial, y especialmente de la más vulnerable y menos visible, sea tenida en cuenta por los gobiernos que les representan para alcanzar un acuerdo a finales de 2015 ambicioso y justo.

Es cierto que la vaguedad y poca ambición de los compromisos adquiridos en Lima era, en cierta manera, esperable, y que todavía “queda partido” hasta cerrar el acuerdo a finales del año que viene. Sin embargo, la urgencia reconocida de forma mayoritaria por la comunidad científica internacional, que requiere acciones inmediatas y antes de 2020, hace que la valoración de los pasos dados en Lima invite al pesimismo, y que la posibilidad de superar los 2ºC por encima de los niveles pre-industriales sea una amenaza cada vez mayor para la vida y los derechos humanos de las personas más vulnerables.

La Cumbre de Lima ha dejado muchos temas pendientes. Una vez apagados los focos, arranca una carrera contrarreloj para lograr avances significativos en la negociación y llegar a la Conferencia del Clima que acogerá Francia en 2015 con el mayor número de incógnitas despejadas.  El partido sigue abierto y con mucho en juego. De momento,  siempre nos quedará París.

Alberto Guijarro, Área Sectorial de Energía de ONGAWA

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