Consumo energético responsable: la clave para hacer frente al cambio climático

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La energía es el hilo de oro que une el crecimiento económico, la equidad social y un medio ambiente sano. El desarrollo sostenible no es posible sin energía sostenible

Ban Ki-moon, Secretario General de Naciones Unidas

La energía es la fuerza vital de la sociedad. De ella dependen la iluminación de interiores y exteriores, el calentamiento y refrigeración de los hogares, el transporte de personas y mercancías, la obtención de alimento y su preparación, el funcionamiento de todo tipo de industrias,… en definitiva, el desarrollo de un país.

Un siglo atrás, las principales fuentes de energía eran la fuerza de los animales y la de los hombres y el calor obtenido al quemar la madera. También se habían desarrollado algunas máquinas con las que se aprovechaba la fuerza hidráulica para moler los cereales o la fuerza del viento en los barcos de vela o los molinos de viento. Pero la gran revolución vino con la máquina de vapor, y desde entonces, el desarrollo de la industria y la tecnología ha cambiado las fuentes de energía que mueven la sociedad. Ahora, el desarrollo de un país está ligado a un creciente consumo de energía procedente mayoritariamente de combustibles fósiles como el petróleo, carbón y gas natural.

Existe una gran diferencia entre el consumo de energía en los países desarrollados y en los que están en vías de desarrollo. Por ejemplo, el consumo residencial de electricidad de 791 millones de habitantes de África subsahariana (excluida Sudáfrica) equivale al consumo de los 19,5 millones del Estado de Nueva York, lo que supone una relación de 40 a 1. La mitad de la población mundial todavía obtiene la energía principalmente de la madera, el carbón vegetal u otros tipos de  biomasa.

En los países más desarrollados el consumo energético se ha estabilizado o crece muy poco, gracias al uso cada vez más eficiente del mismo, pero las cifras de consumo por persona son muy elevadas. En los países en vías de desarrollo, y especialmente en las economías en transición, el consumo energético por persona crece de forma continuada porque, para su progreso, necesitan incrementar su consumo de energía y la tecnología disponible no suele ser la más eficiente, debido a la falta de recursos.

Si a estos datos de consumo energético le sumamos el hecho de que las actividades relacionadas con la energía suponen el 80% de las emisiones de CO2 a escala mundial, tenemos una ecuación de difícil solución. La alta concentración de gases de efecto invernadero, CO2 principalmente, provoca cambios drásticos en el clima, alterando las temperaturas regionales, los regímenes de lluvia, incrementando la desertificación, alterando la agricultura, descongelando los casquetes polares e incrementando así el nivel del mar y causando inundaciones en las zonas costeras y continentales en todo el mundo.

Y aunque el efecto invernadero es producido tanto de manera natural como de manera artificial, la industrialización incrementa notablemente la acumulación de los gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Para tratar de hacer frente al cambio climático, parte de la comunidad internacional está intentando frenar el consumo mundial de petróleo y otros combustibles fósiles, con fuerte oposición de los lobbies del sector. Por otro lado, los países en vías de desarrollo están pidiendo, lógicamente, ayuda económica para afrontar medidas de mitigación de CO2, cambios en sus modelos de generación y consumo de energía, y las acciones necesarias para facilitar su adaptación al cambio climático.

En la actualidad se está viviendo un incremento del consumo energético mundial insostenible debido al crecimiento de la población ya un modelo de consumo de energía desenfrenado basado en combustibles fósiles. Y mientras tanto vemos cómo las predicciones acerca de las consecuencias del cambio climático acortan sus plazos.

Por tanto, es necesario que los países ricos transformen su modelo energético hacia otro más eficiente, con menor consumo per cápita y basado en energías renovables, es decir un modelo energético sostenible. Asimismo, deberán poner los medios políticos y económicos necesarios para que los países emergentes y en desarrollo incorporen tecnologías limpias.

Patricia García, Área Sectorial de Energía de ONGAWA

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Cumbre del Clima: siempre nos quedará París

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El pasado fin de semana terminó la Cumbre del Clima de Lima, con el lanzamiento de la Llamada a la Acción de Lima”, un documento de 5 páginas que recoge el acuerdo de casi 200 países y que constituye un primer paso hacia el acuerdo global por el clima que debe ser alcanzado en París a finales de 2015. Ha sido la vigésima parte (COP20) de un partido que está llegando a su final, aunque los jugadores – los gobiernos-, no han desplegado todavía todo su “potencial” para concretar compromisos de reducción de emisiones ambiciosos y justos.

Por primera vez en la historia se ha acordado que la agenda de reducción de emisiones sea global, bajo un principio – aceptado a regañadientes por muchos países emergentes – de responsabilidades comunes pero diferenciadas, a la luz de sus capacidades respectivas y de las circunstancias nacionales. Esto ha supuesto una cesión por parte de los países emergentes, que debido a su creciente contribución a las emisiones deberán asumir compromisos de reducción, aunque a la luz de sus circunstancias nacionales, por lo que no se puede saber de momento en qué se traducirá. Lo que sí resulta indudable es que esta cesión, unida a la responsabilidad de los países desarrollados en las emisiones acumuladas históricamente, refuerza todavía más la necesidad de que los países ricos asuman nuevos y mayores compromisos de reducción de emisiones y de aportación de fondos, lo que durante la Cumbre de Lima no se ha producido.

Tras un escenario inicial optimista tras el acuerdo, previo a la Cumbre, para la reducción de emisiones de Estados Unidos y China, se han ido diluyendo las expectativas hasta llegar a un acuerdo que deja mucho –las decisiones más difíciles – por concretar.

Entre los aspectos positivos de la Cumbre para los países empobrecidos destaca que se ha otorgado mayor relevancia al ámbito de la adaptación, emplazando al desarrollo de un mecanismo para paliar las pérdidas y daños asociados al cambio climático que podría ser la antesala para asignar responsabilidades e incluso obligaciones por los efectos negativos del cambio climático. Asimismo, se ha reconocido que los países ricos deberán ayudar a los países en desarrollo en la lucha contra el cambio climático, a través de la inversión en tecnologías limpias y aumentando las ayudas climáticas, aunque no se ha especificado la forma de alcanzar los 100.000 millones de dólares anuales a los que se quiere llegar en 2020, y por el momento dicha cifra parece lejana.

Otro de los elementos más relevantes que se han discutido, aunque no se ha especificado en la declaración final de la Cumbre, reside en el relativamente alto consenso entre los negociadores acerca de la necesidad de terminar con los combustibles fósiles, aunque está por ver qué fechas concretas acabarán por concretarse al respecto.

No se han incluido compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, aunque se emplaza a todos los gobiernos a presentar a Naciones Unidas, antes del 1 de octubre de 2015, sus propuestas de reducción de una manera “clara, transparente y entendible”, y desde el acuerdo de Lima se “invita” a que dichos países comuniquen estos compromisos en el primer cuatrimestre de 2015. Estas propuestas de reducción “podrán incluir” (o no) detalles como el año base o los objetivos anuales de reducción, y no se establece ningún mecanismo que permita comparar dichos compromisos, aunque Naciones Unidas analizará el impacto global de las propuestas para determinar si esta acción colectiva es suficiente para limitar el incremento de temperatura por debajo de los 2ºC, lo que mostrará a través de un informe el 1 de noviembre de 2015.

Otros aspectos que han quedado pendientes de concretar han sido la estructura legal del acuerdo que deberá firmarse en 2015, que será de vital importancia a la hora de exigir el cumplimiento de los compromisos comprometidos.

El partido sigue en juego…

Las negociaciones en Lima han dado lugar a un documento de 37 páginas de “Elementos para un borrador de texto de negociación”, que deberá ser discutido y consensuado de aquí a la Cumbre de París del año que viene, aunque las opciones están todavía muy abiertas. Por ejemplo, en la reducción de emisiones se baraja desde un escenario de cero emisiones en 2050 hasta estrategias de desarrollo de bajas emisiones.

Los representantes gubernamentales y de Naciones Unidas han expresado una moderada satisfacción con el trabajo realizado en Lima, aunque las organizaciones de la sociedad civil han coincidido mayoritariamente en resaltar que los avances que se han producido no responden adecuadamente a la urgencia y relevancia del reto climático al que se enfrenta la comunidad internacional, y muy especialmente la población de los países en desarrollo, la más vulnerable a los efectos del cambio climático y la que menos responsabilidad histórica ha tenido en las emisiones de CO2.

A un año del plazo límite para establecer un acuerdo consensuado y vinculante para la mitigación y adaptación al cambio climático, resulta indudable que los gobiernos tienen mucho trabajo por realizar. Ante esto, las organizaciones de la sociedad civil deberán facilitar que la voz de la ciudadanía mundial, y especialmente de la más vulnerable y menos visible, sea tenida en cuenta por los gobiernos que les representan para alcanzar un acuerdo a finales de 2015 ambicioso y justo.

Es cierto que la vaguedad y poca ambición de los compromisos adquiridos en Lima era, en cierta manera, esperable, y que todavía “queda partido” hasta cerrar el acuerdo a finales del año que viene. Sin embargo, la urgencia reconocida de forma mayoritaria por la comunidad científica internacional, que requiere acciones inmediatas y antes de 2020, hace que la valoración de los pasos dados en Lima invite al pesimismo, y que la posibilidad de superar los 2ºC por encima de los niveles pre-industriales sea una amenaza cada vez mayor para la vida y los derechos humanos de las personas más vulnerables.

La Cumbre de Lima ha dejado muchos temas pendientes. Una vez apagados los focos, arranca una carrera contrarreloj para lograr avances significativos en la negociación y llegar a la Conferencia del Clima que acogerá Francia en 2015 con el mayor número de incógnitas despejadas.  El partido sigue abierto y con mucho en juego. De momento,  siempre nos quedará París.

Alberto Guijarro, Área Sectorial de Energía de ONGAWA

Agua, energía y cambio climático desde la óptica de los DDHH

El 10 de diciembre se celebra el Día de los Derechos Humanos, que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en 1950. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se presenta como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella.

Según el Informe sobre Desarrollo Humano 2006 “Los derechos humanos no son optativos. Tampoco son una disposición legal voluntaria que se adopta o se abandona según el capricho de cada gobierno. Son obligaciones exigibles que reflejan valores universales y conllevan responsabilidades por parte de los gobiernos”.

En un año 2014 en el que Naciones Unidas ha resaltado la interrelación entre el agua y la energía, y en el que la agenda de lucha contra el cambio climático continúa siendo más urgente que nunca, desde ONGAWA proponemos reflexionar sobre estos temas, agua, energía y cambio climático, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El Agua es un Derecho Humano

El 28 de julio de 2010, a través de la Resolución 64/292, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció explícitamente el derecho humano al agua y al saneamiento, reafirmando que el agua y el saneamiento son esenciales para la realización de todos los derechos humanos.

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Según aparece en la Observación general 15, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales establece que “El derecho humano al agua es el derecho de todos a disponer de agua suficiente, salubre, aceptable, accesible y asequible para el uso personal y doméstico”.

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A pesar de estos logros, una de cada cinco personas en el mundo (20%) no tiene agua potable segura, siendo las mujeres la población más afectada.

¿La Energía es un Derecho Humano también?

Aunque para nosotros encender la luz, el ordenador o cargar el móvil resulta habitual, todavía es desconocido para 1.300 millones de personas por no tener acceso a la energía eléctrica. Más del 60% de la población africana no tiene acceso a la energía eléctrica, la mayor parte de la cual se encuentra en las zonas rurales del continente.

A pesar de que la energía no está reconocida internacionalmente como un derecho humano, a todas luces debería serlo. La falta de energía genera un círculo perverso y vicioso de pobreza y estancamiento y hace que muchas personas se encuentren en desventaja con relación a otras que sí disponen de ella. Por este motivo, es muy importante proponer soluciones y avanzar en la disminución de esta gran brecha de desigualdad porque la energía es un facilitador del desarrollo.

Garantizar el acceso a formas modernas de energía para toda la humanidad y hacerlo de modo que no se incrementen las emisiones de gases de efecto invernadero son dos de los grandes retos que afronta la humanidad en el siglo XXI. Porque la cuestión energética está estrechamente relacionada con los grandes desafíos globales, como el desarrollo humano, la reducción de la pobreza, la degradación medioambiental, el cambio climático, la seguridad alimentaria, la salud, la educación o la igualdad de género. Se requiere de importantes cambios en los sistemas energéticos para asegurar energía disponible, fiable y asequible y lograr un equilibrio adecuado entre la creciente demanda de energía (particularmente en países en desarrollo) y la urgente necesidad de proteger el medio ambiente.

La energía es un ingrediente tan esencial en toda actividad humana que las condiciones de su suministro, tanto en cantidad como en calidad, son un factor determinante para la sostenibilidad de nuestras sociedades.

El agua y la energía son cruciales para el bienestar humano y el desarrollo socioeconómico sostenible. Sin agua no es posible la vida y sin energía no es fácil obtener agua en la cantidad y calidad necesarias para el consumo humano o la actividad productiva. Energía y agua están profundamente relacionadas: la mayoría de transformaciones energéticas precisan de agua y el ciclo integral del agua no es posible sin energía.

¿Qué pasa con el cambio climático y los derechos humanos?

El cambio climático tiene un gran impacto sobre las personas, la biodiversidad y los recursos naturales, lo que conlleva un gran riesgo para la garantía de los derechos humanos, como consecuencia del aumento del nivel del mar, los cambios en el ciclo hidrológico, los fenómenos climatológicos extremos o la degradación de los suelos.

Prestando atención, por ejemplo, a su efecto sobre el acceso al agua, desde la óptica del derecho humano a este recurso es preciso y urgente adoptar medidas de mitigación y adaptación al cambio climático de forma que se protejan las fuentes de agua dulce y se adapten las infraestructuras a fenómenos meteorológicos extremos.

Por otro lado, la relación entre la energía y el cambio climático es crítica, y, por tanto, debe tenerse en cuenta desde una perspectiva de derechos humanos. La energía y el modelo energético actual es la primera causa en el origen del cambio climático. La energía representa hoy alrededor del 40% de las emisiones globales totales de CO2 y, en países industrializados, puede suponer entre el 60 y el 70%. Hablar de energía es por tanto asumir también el reto del cambio climático y sus amenazas, que ponen en peligro los avances logrados durante las últimas décadas en materia de desarrollo.

Para luchar contra el cambio climático y minimizar sus consecuencias sobre los más vulnerables es imprescindible la transición del actual modelo energético insostenible basado en la quema de combustibles fósiles y dirigir los esfuerzos hacia un desarrollo basado en energías limpias, eficientes y renovables. Se debe terminar con el subsidio a los combustibles fósiles y tomar medidas para la reducción del consumo energético global (fundamentalmente de los países desarrollados). Alcanzar estos objetivos requiere una verdadera revolución energética, en palabras de la Agencia Internacional de la Energía.

En definitiva, el cambio climático y el acceso al agua y a la energía suponen tres de los mayores desafíos para el desarrollo humano y sostenible y para la consecución de los derechos humanos.

Si se pretende erradicar verdaderamente la pobreza hay que hacer frente a la necesidad urgente de desacelerar el cambio climático, defender el derecho al agua y lograr el acceso universal, asequible, fiable y sostenible a la energía. Tres grandes retos interconectados.

Guadalupe León, Área Sectorial de Agua, y Miquel Escoto y Patricia García, Área Sectorial de Energía de ONGAWA

Algunas notas de la Jornada sobre el Nexo Agua – Alimentación – Energía de ONGAWA

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En ONGAWA llevamos un tiempo dándole vueltas a esto de los nexos, es decir, las conexiones entre varios elementos clave para el desarrollo. En este sentido, por ejemplo, la semana pasada organizamos una jornada sobre el nexo agua – energía – alimentación.

Aunque el contenido de la jornada no se correspondía al 100% con los objetivos de este blog (aquí el componente alimentación lo hemos sustituido por el cambio climático), salieron algunas ideas que, ya que pude asistir a la jornada, voy a compartir en este post.

Mi compañero Eduardo centró su intervención en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Alertó sobre la existencia de objetivos relacionados con el incremento de la productividad agrícola y la producción de energía que supondrán un mayor consumo de agua y que es posible que supongan una competencia con el consumo humano y, por tanto, con el Derecho Humano al Agua.

Por otra parte, puso sobre la mesa que dependiendo de cómo se aborde el objetivo de acceso a la energía (si por ejemplo se realiza en base al consumo de combustibles fósiles) puede acelerar los efectos del cambio climático.

Ulrike Pokorski, de la GIZ, comenzó con algunos datos: en 2030 la brecha entre demanda y recursos hídricos disponibles será del 40% y en el caso de la energía del 50%.

Vinculando el tema con la pobreza, destacó que aquellos países con más recursos económicos tendrán opciones para asegurar el acceso al agua y puso como ejemplo Arabia Saudí que dispone de este recurso aunque sea desalando agua de mar (para lo que, por cierto, se necesita energía que puede contribuir al cambio climático). Destacó también el caso de Marruecos donde se están instalando plantas de energía solar que necesitan agua para la producción de energía y que está compitiendo con el uso de agua para la producción de alimentos y, por tanto, contribuyendo a generar pobreza en determinadas zonas y colectivos.

De la presentación de Gonzalo Marín, experto en cuestiones relacionadas con el agua, destaco que en los últimos años, desde 2000 aproximadamente, se están poniendo en cuestión los beneficios de la construcción de presas, construcción que en décadas anteriores fue intensamente apoyada desde las instituciones financieras internacionales, especialmente el Banco Mundial. Las presas, que tenían como objetivo mejorar el acceso al agua y la energía, han tenido impacto en millones de personas que viven aguas abajo de esas grandes infraestructuras, dañando seriamente sus medios de vida como consecuencia de los cambios en el régimen hidrológico. Esto ha ocurrido especialmente en China, India, Brasil y Turquía donde se documentan numerosos conflictos sociales.

El director de Prosalus, Jose María Medina, hizo un interesante análisis sobre los agrocombustibles (energía) cuya producción en 2010 supuso un consumo de agua de 1 hm3 al día, compitiendo en numerosas ocasiones con el consumo humano.

Estas son sólo algunas ideas de algunos de los ponentes de la jornada. Si estáis interesados en saber más sobre el resto de las intervenciones, en nuestra página web hemos colgado un resumen de las jornadas y todas las presentaciones de los ponentes.

Jorge Castañeda Pastor, Responsable de Campañas y Comunicación Externa de ONGAWA

¿Cómo incide el cambio climático en los derechos al agua y la alimentación?

Pages from Cambio climático y derecho a la alimentación

Los efectos, aun del todo desconocidos, del cambio climático se prevé que afectarán negativamente a la producción de alimentos y a la disponibilidad de agua, especialmente en las regiones más pobres del mundo, dado que se alterará profundamente el equilibrio natural y las condiciones de vida de las personas.

El agua y el suelo son dos factores fundamentales e inseparables ya que la calidad y disponibilidad de uno afectan al otro de manera indiscutible, fuertemente vinculados por la actividad agrícola. Se deben cuidar y prestar atención a los usos que se les dan a ambos recursos ya que un mal aprovechamiento del suelo, por ejemplo, podría implicar una mala calidad del agua en un tramo más bajo de la cuenca, es decir, una menor disponibilidad de agua para otros usos, y viceversa.

Actualmente hay numerosos retos a los que debe enfrentarse la sociedad humana, como son la limitación de recursos esenciales, la incertidumbre del alcance de los efectos del cambio climático, el imparable crecimiento demográfico, una mayor demanda de los productos agrícolas junto con el incremento de su precio y el problema de la seguridad alimentaria, entre otros muchos, y teniendo siempre presente el incremento imparable de la población humana.

Estas circunstancias afectan al sector agrícola, a quien le corresponde encontrar la forma de satisfacer las nuevas necesidades de producción alimentaria pero de una forma sostenible a largo plazo y que se adapte a las consecuencias del cambio climático y del crecimiento demográfico.

También hay que tener en mente que el sector agrícola contribuye al efecto invernadero, parte debido a su propia actividad y parte como consecuencia de la deforestación, ya que no se secuestra tanto CO2 al suelo como debería. Esta aportación se prevé que cada vez va a ser más importante si se sigue con la tendencia actual.

Una de las soluciones que se proponen para este problema de alcance global es la Agroecología, que pretende “mejorar la sostenibilidad de los agroecosistemas imitando a la naturaleza y no a la industria”. Para ello se basan en distintas medidas, que tienen como factor común la interconexión, la diversificación y la reutilización de los factores clave. Algunos ejemplos de estas prácticas son: reciclar los nutrientes y la energía de unos procesos a otros, integrar distintos cultivos con la cría de animales, diversificación de las especies vegetales y animales y centrar la atención en las interacciones que ocurren entre los distintos sistemas.

Con esto lo que se pretende es conseguir un máximo aprovechamiento de los recursos y desarrollar un sistema completo que se apoye en sí mismo, de modo que se busque la productividad de todo el conjunto y no solo de una parte, con poca dependencia de recursos externos.

Con estas medidas se podría alcanzar un sistema de producción agrícola sostenible en el que se usasen tecnologías más limpias de producción que requirieran menos recursos, que fuesen más eficientes energéticamente y donde la producción de residuos sea menor, ya que en un sistema interrelacionado los desechos de un proceso pueden ser las materias primas de otro (como ocurre por ejemplo con el abono animal usado como fertilizante de cultivos).

Por todo ello la agroecología también contribuye a garantizar el Derecho Humano a la Alimentación, y lo hace a través de los principios de:

  • Disponibilidad: Aumenta la productividad con nuevas técnicas.
  • Asequibilidad: Reduce la pobreza rural al reducir la dependencia de los recursos exteriores.
  • Adecuación: Mejora la nutrición de las personas al ofrecer una mayor variedad de nutrientes.
  • Sostenibilidad: Contribuye a la adaptación al cambio climático de las sociedades.

Para poder llevarse a cabo satisfactoriamente en sociedades con dificultades es necesario que se apoye en bienes públicos (como infraestructuras rurales), en la investigación agrícola, en el fortalecimiento de las organizaciones sociales y en una reorganización de los mercados de forma que tengan cabida los pequeños productores.

Todas estas prácticas agrícolas repercuten positivamente en el Derecho al Agua, ya que para mantener un sistema de producción agrícola sostenible y adaptado al cambio climático se ha de prestar atención al buen uso y optimización del agua, favoreciendo su máximo aprovechamiento y manteniendo una calidad aceptable para que sea utilizable por el siguiente miembro del ecosistema.

Carmen Sánchez, Área Sectorial de Agro de ONGAWA

¿Qué dice el PNUD sobre la energía y el cambio climático?

Pages from IDDH_Mundial_2007-2008

Hace unas semanas compartí en un post algunos datos del Informe de Desarrollo Humano 2007 sobre cambio climático, glaciares y acceso al agua. En ese mismo informe, el PNUD también recoge algunas ideas interesantes sobre la energía como elemento clave para el cambio climático que merece la pena compartir en este blog. Ahí van:

Sobre la generación de electricidad:

La generación de electricidad es la principal fuente de emisiones de CO2 y explica cuatro de cada diez toneladas de CO2 lanzadas a la atmósfera de la Tierra. (…).

Los actuales escenarios nos estarían llevando hacia situaciones preocupantes. Se prevé que la demanda mundial de electricidad se duplicará antes de 2030 y la AIE calcula que las inversiones acumuladas para cubrir la demanda durante el periodo de 2005 a 2030 alcanzarán los US$11 billones. Más de la mitad de estas inversiones se realizarán en países en desarrollo con bajos niveles de eficiencia energética. China por sí sola concentrará alrededor del 25% de todas las inversiones. En Estados Unidos, las inversiones previstas llegarían a US$1,6 billones debido a una sustitución a gran escala de sus actuales reservas de generación eléctrica.

Los nuevos patrones de inversión en generación de electricidad apuntan hacia una dirección preocupante y sugieren que el mundo quedaría atrapado en el aumento de infraestructuras de generación de energía con alta intensidad de carbono. El carbón figura cada vez con mayor prominencia en la oferta planificada prevista. China, India y Estados Unidos, tres de las cuatro mayores fuentes de emisiones de CO2 actualmente, concentran el mayor aumento de inversiones. Estos tres países ya están ampliando o proyectan ampliar su capacidad de generación de electricidad a base de carbón.

Sobre el consumo de energía del sector residencial:

Los patrones de uso de energía en el sector residencial influyen de manera importante en la huella ecológica del mundo. Alrededor de un tercio de la electricidad producida en los países de la OCDE es usada en sistemas de calefacción y refrigeración, refrigeradores domésticos, hornos, lámparas y otros artefactos domésticos. El sector residencial produce entre el 35% y el 40% de las emisiones nacionales de CO2 generadas por combustibles fósiles y tan sólo los electrodomésticos producen aproximadamente el 12% de estas emisiones.

(…)

Si todos los electrodomésticos que se utilicen en los países de la OCDE a partir de 2005 cumplieran las normas de máxima eficiencia, para 2010 se ahorrarían alrededor de 322 millones de toneladas de emisiones de CO2.

(…)

La iluminación mundial representa alrededor del 10% de la demanda de electricidad global y genera 1,9 Gt de CO2 al año o el 7% de todas las emisiones de CO2. Un vistazo a cualquier ciudad de un país desarrollado, ya sea de día o de noche, confirmaría que gran parte de la energía es desperdiciada. Es común ver lugares vacíos iluminados y que usan fuentes poco eficientes. La simple instalación de fuentes de bajo costo, como las lámparas fluorescentes compactas, podría reducir el consumo total de energía en un 38%.

Sobre el transporte:

El transporte de personas se ha transformado en el mayor consumidor de petróleo del mundo y en la fuente de emisiones de CO2 que más ha crecido. En 2004, el sector del transporte generó 6,3 Gt de CO2. A pesar de que está creciendo la proporción de emisiones de los países en desarrollo, los países de la OCDE representan dos tercios del total. El sector automotriz de estos países explica cerca del 30% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero y esta proporción ha ido aumentando en el tiempo.

De cara a las soluciones, el PNUD destaca la regulación y las iniciativas gubernamentales:

No existe un plan maestro que sirva para identificar anticipadamente las políticas adecuadas para crear el entorno propicio para la transición a sistemas que impliquen bajas emisiones de carbono. Sin embargo, son bien conocidos los problemas que deben abordarse. Cambiar el actual perfil de las energías utilizadas para favorecer las energías con bajas emisiones de carbono requiere de grandes inversiones iniciales y planificación a largo plazo. Los mercados por sí solos no lograrán este resultado. Los mecanismos reguladores gubernamentales respaldados por subsidios e incentivos tendrán que cumplir una función crucial al tomar las decisiones de inversión. Las normas de eficiencia energética para edificios, electrodomésticos y vehículos podrían reducir las emisiones de manera considerable y a bajo costo. Mientras tanto, el apoyo a la investigación y el desarrollo puede crear las condiciones necesarias para lograr grandes innovaciones tecnológicas decisivas.

 

Jorge Castañeda Pastor, Responsable de Campañas y Comunicación Externa de ONGAWA

3 desigualdades (Blog Action Day 2014)

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Cuando oímos hablar de desigualdad lo primero que suele venir a nuestra mente es la disparidad en el nivel de renta o riqueza (a este respecto, os recomiendo ver en qué posición estáis en el mundo a través de la Global Rich List), aunque hay cientos de desigualdades además de la económica, o quizá se trate de una sola desigualdad que tiene diferentes dimensiones e impactos.

De tres de esas dimensiones o de tres de esas desigualdades quiero hablar en este post a través del que nos sumamos al Blog Action Day 2014. Como no podía ser de otra manera en este blog, hablaré de agua, energía y cambio climático.

Seguro que hay miles de post sobre la desigualdad que querréis leer hoy, así que seré breve. Sólo os cuento tres ideas clave:

  1. Sobre la desigualdad en el acceso al agua: mientras que en el mundo desarrollado podemos obtener agua solo con abrir el grifo, 768 millones de personas no tienen garantizado el acceso. Por otra parte, mientras en países como Mozambique el consumo medio por persona y día es de 10 litros, en España es algo superior a 140 y en Estados Unidos de 260.
  2. Sobre la desigualdad en el acceso a la energía: mientras que las organizaciones ecologistas ponen a España como ejemplo del despilfarro energético, 1.300 millones de personas en todo el mundo no tienen acceso a la electricidad, un obstáculo fundamental para que puedan salir del círculo de la pobreza.
  3. Desigualdad en la responsabilidad sobre el cambio climático y en su impacto: la producción y consumo de energía procedente de combustibles fósiles es una de las causas principales de emisión de gases de efecto invernadero y, por tanto, del cambio climático. Paradójicamente, aunque la mayor parte de las emisiones se han generado históricamente en los países desarrollados, los principales efectos del cambio climático se producen en el Sur, en los países y poblaciones más vulnerables que no cuentan con los recursos necesarios para adaptarse a estos impactos negativos.

Estas tres desigualdades, que suponen tres de los principales retos a los que se enfrenta la humanidad, están íntimamente relacionadas como os venimos contando en los post anteriores que han escrito mis compañeros en los últimos meses.

Os recomiendo su lectura y la de los próximos, todavía tenemos mucho que contar.

Jorge Castañeda Pastor, Responsable de Campañas y Comunicación Externa de ONGAWA