Energía y género

La pobreza afecta a hombres y mujeres de manera muy desigual, especialmente en los países en desarrollo. Basta con entender que de los más de 1.700 millones de personas que viven en situación de pobreza, al menos el 70% son mujeres (Murguialday, 2014).

Debido a los roles tradicionales de la mujer, sobre ella recae gran parte de la carga de cuidados. La falta de acceso a la energía agrava esa carga para las mujeres de los países en desarrollo y con ello afecta a su salud, el desarrollo de sus capacidades y le imposibilita ejercer sus derechos en plenitud.

En los países en desarrollo la mayor parte del consumo de energía requerida para usos domésticos (cocción de alimentos, iluminación y calefacción) así como para la actividad agrícola de subsistencia, está en manos de la mujer. Pero la invisibilidad de estas tareas de cuidados en las grandes cifras que caracterizan una economía nacional provoca un grave sesgo de género que se da en la pobreza energética.

Las microempresas manejadas por mujeres (muy importantes para las economías de los hogares) tienden a necesitar energía por ejemplo para iluminar o para trabajos en artesanía. Actividades que generalmente se llevan a cabo de noche después de las tareas domésticas y agrícolas y en las que la falta de energía adecuada tiende a degradar la habilidad de la mujer para operar de forma segura y rentable sus actividades económicas.

El suministro de energía público y privado tampoco es neutral en los asuntos de género. Las mujeres usan la energía y la electricidad en tareas muchas veces distintas  que el hombre, pero a pesar de la gran responsabilidad de la mujer en el manejo de los recursos energéticos, sus necesidades no se ven representadas en los procesos de planificación y toma de decisiones sobre suministro en hogares y comunidades.

Sin acceso a fuentes de energías limpias y asequibles, las mujeres emplean horas para cocinar mientras inhalan humos y gases nocivos. Según la OMS las mujeres expuestas a estas condiciones en los hogares tienen tres veces más probabilidades de padecer neumopatías obstructivas crónicas que las que utilizan combustibles limpios. En la quema de biomasa, los humos y las cenizas están relacionados con enfermedades oculares y es potencial causa de accidentes debido al contacto directo con fuego.

Además, el abastecimiento de combustible depende tradicionalmente de mujeres y niñas por lo que serán las principales beneficiadas de la mejora de los servicios energéticos. El tiempo y el esfuerzo físico que invierten en esa actividad limitan sus capacidades para participar en actividades educativas, de desarrollo personal y de generación de ingresos.

Por otro lado, más allá del ámbito doméstico los centros de salud tampoco pueden dispensar atención sanitaria adecuada sin energía. Los dispensarios y hospitales que carecen de electricidad ven limitado el número de servicios que pueden ofrecer y la calidad de los mismos. Frecuentemente, la pobreza energética impide el acceso de las embarazadas a algunos servicios de atención prenatal que pueden salvar vidas. Y las cifras vuelven a hablar por sí solas: el 99% de todas las muertes durante el parto se producen en países en desarrollo con servicios de salud deficientes (IEA, 2013).

A pesar de todo lo anterior, las mujeres deben ser vistas no exclusivamente como víctimas de la pobreza energética sino como agentes de cambio. Posibilitar el acceso de las mujeres a servicios energéticos limpios y sostenibles para alimentación, iluminación y calefacción del hogar y con fines productivos tiene enormes beneficios sobre su salud y tiene consecuencias muy positivas sobre los niveles de empoderamiento de la mujer, su nivel de educación, nutrición y multiplica sus oportunidades económicas y su participación en actividades comunitarias.

Desde ONGAWA reivindicamos el necesario enfoque de género en la lucha contra la pobreza energética. Las mujeres deben tomar un papel activo en los programas de desarrollo y en particular en los relacionados con la energía y esta participación no sólo debe realizarse mediante la consideración y expresión de sus necesidades energéticas, sino que deben participar en los asuntos relacionados con la definición y gestión de los programas. E ir más allá de los roles de la mujer (centrados tradicionalmente en las necesidades domésticas) consiguiendo la participación de la mujer en ámbitos productivos y en los espacios de decisión públicos logrando una participación activa y equitativa de hombres y mujeres.

Miquel Escoto, Área Sectorial de Energía de ONGAWA

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Consumo energético responsable: la clave para hacer frente al cambio climático

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La energía es el hilo de oro que une el crecimiento económico, la equidad social y un medio ambiente sano. El desarrollo sostenible no es posible sin energía sostenible

Ban Ki-moon, Secretario General de Naciones Unidas

La energía es la fuerza vital de la sociedad. De ella dependen la iluminación de interiores y exteriores, el calentamiento y refrigeración de los hogares, el transporte de personas y mercancías, la obtención de alimento y su preparación, el funcionamiento de todo tipo de industrias,… en definitiva, el desarrollo de un país.

Un siglo atrás, las principales fuentes de energía eran la fuerza de los animales y la de los hombres y el calor obtenido al quemar la madera. También se habían desarrollado algunas máquinas con las que se aprovechaba la fuerza hidráulica para moler los cereales o la fuerza del viento en los barcos de vela o los molinos de viento. Pero la gran revolución vino con la máquina de vapor, y desde entonces, el desarrollo de la industria y la tecnología ha cambiado las fuentes de energía que mueven la sociedad. Ahora, el desarrollo de un país está ligado a un creciente consumo de energía procedente mayoritariamente de combustibles fósiles como el petróleo, carbón y gas natural.

Existe una gran diferencia entre el consumo de energía en los países desarrollados y en los que están en vías de desarrollo. Por ejemplo, el consumo residencial de electricidad de 791 millones de habitantes de África subsahariana (excluida Sudáfrica) equivale al consumo de los 19,5 millones del Estado de Nueva York, lo que supone una relación de 40 a 1. La mitad de la población mundial todavía obtiene la energía principalmente de la madera, el carbón vegetal u otros tipos de  biomasa.

En los países más desarrollados el consumo energético se ha estabilizado o crece muy poco, gracias al uso cada vez más eficiente del mismo, pero las cifras de consumo por persona son muy elevadas. En los países en vías de desarrollo, y especialmente en las economías en transición, el consumo energético por persona crece de forma continuada porque, para su progreso, necesitan incrementar su consumo de energía y la tecnología disponible no suele ser la más eficiente, debido a la falta de recursos.

Si a estos datos de consumo energético le sumamos el hecho de que las actividades relacionadas con la energía suponen el 80% de las emisiones de CO2 a escala mundial, tenemos una ecuación de difícil solución. La alta concentración de gases de efecto invernadero, CO2 principalmente, provoca cambios drásticos en el clima, alterando las temperaturas regionales, los regímenes de lluvia, incrementando la desertificación, alterando la agricultura, descongelando los casquetes polares e incrementando así el nivel del mar y causando inundaciones en las zonas costeras y continentales en todo el mundo.

Y aunque el efecto invernadero es producido tanto de manera natural como de manera artificial, la industrialización incrementa notablemente la acumulación de los gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Para tratar de hacer frente al cambio climático, parte de la comunidad internacional está intentando frenar el consumo mundial de petróleo y otros combustibles fósiles, con fuerte oposición de los lobbies del sector. Por otro lado, los países en vías de desarrollo están pidiendo, lógicamente, ayuda económica para afrontar medidas de mitigación de CO2, cambios en sus modelos de generación y consumo de energía, y las acciones necesarias para facilitar su adaptación al cambio climático.

En la actualidad se está viviendo un incremento del consumo energético mundial insostenible debido al crecimiento de la población ya un modelo de consumo de energía desenfrenado basado en combustibles fósiles. Y mientras tanto vemos cómo las predicciones acerca de las consecuencias del cambio climático acortan sus plazos.

Por tanto, es necesario que los países ricos transformen su modelo energético hacia otro más eficiente, con menor consumo per cápita y basado en energías renovables, es decir un modelo energético sostenible. Asimismo, deberán poner los medios políticos y económicos necesarios para que los países emergentes y en desarrollo incorporen tecnologías limpias.

Patricia García, Área Sectorial de Energía de ONGAWA

Agua, alimentación y energía en la agenda post – 2015

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Hace algunas semanas os contaba algunas conclusiones de la jornada Jornada sobre el Nexo Agua – Alimentación – Energía que organizamos en ONGAWA. Vuelvo a retomar el tema ya que mis compañeros han elaborado una pequeña publicación de conclusiones realmente interesante.

Como os decía en aquella ocasión, aunque el contenido de la jornada no se correspondía al 100% con los objetivos de este blog (aquí el componente alimentación lo hemos sustituido por el cambio climático), hay ideas que creo no pueden faltar en este blog:

El agua, la alimentación y la energía son elementos que presentan fuertes interacciones entre sí. Al nivel más básico, es bien conocido que para producir alimentos se necesita agua y energía, que para bombear, tratar o depurar agua se necesita energía, o que producir energía requiere agua. A su vez, alimentos, agua y energía presentan un gran impacto en la satisfacción de las necesidades humanas básicas así como un fuerte impacto y dependencia de los ecosistemas. Todo esto hace necesario que su abordaje a todos los niveles (planificación, diseño e implementación de políticas y proyectos) se realice atendiendo a dichas relaciones.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) en la actualidad el sector agroalimentario supone del orden del 70% de las extracciones mundiales de agua dulce a lo largo de toda la cadena de producción, transporte y comercialización de alimentos. De forma análoga, la producción de alimentos supone el 30% del consumo global de energía, requerida para producir, transportar y distribuir los alimentos así como para el funcionamiento de los sistemas de regadío y la producción de fertilizantes.

Asimismo, la producción energética global representa del orden del 15% de las extracciones de agua, al ser esa necesaria tanto en la producción de energía hidroeléctrica como en otras modalidades de producción de energía que necesitan grandes cantidades de agua tanto en la extracción de materias primas como en su refinado, su enfriamiento, o, por ejemplo, para el cultivo y el procesado de la producción de los biocombustibles.

Inversamente también la energía es necesaria para el acceso al agua, tanto en el proceso de captación del recurso hídrico (por ejemplo, para el bombeo), como en el proceso de potabilización para su consumo (especialmente intensivo en el caso de la desalinización), en su distribución desde los lugares de producción a los de consumo o en el transporte y tratamiento posterior de aguas residuales.

A pesar de ser bien conocidas las interrelaciones entre los tres sectores no ha sido frecuente hasta ahora su análisis conjunto. Sin embargo, en el futuro próximo esta situación posiblemente no se pueda mantener debido a que la demanda de agua, alimentos y energía va a crecer en las próximas décadas, como consecuencia, entre otros, del crecimiento demográfico y urbano, los cambios en las dietas alimenticias o el crecimiento económico, mientras que la oferta tiene dificultades para aumentar porque en muchos casos está cerca de llegar a sus límites de sostenibilidad económica, social o ambiental, o se puede ver afectada por el cambio climático. Según las estimaciones de distintas agencias de Naciones Unidas y de la Agencia Internacional de la Energía:

  • La producción de alimentos deberá incrementarse un 60% de aquí a 2050.
  • Las extracciones mundiales de agua se espera que aumenten en un 55% en el año 2050.
  • El consumo mundial de energía se prevé que se incremente en un 50% en el año 2035.

Según la FAO estas previsiones suponen una clara amenaza para la degradación ambiental y para el bienestar de la población mundial, pues podrían incrementarse las actuales carencias globales en agua, alimentación y energía, que son muy elevadas, y la afección a los recursos naturales.

Las políticas adoptadas en el pasado ya no son una opción, pues han demostrado que son claramente insostenibles y han generado una gran desigualdad en el acceso al agua, la alimentación y la energía. Esto hace que el abordaje del nexo cobre especial relevancia, al permitir el desarrollo de políticas y acciones integradas o, cuando menos, coherente, que aseguren el bienestar de la población y la sostenibilidad del medio ambiente.

(…)

La interrelación entre el agua, la alimentación y la energía presenta enormes sinergias pero también diversos conflictos que deben ser tenidos en cuenta a la hora de planificar, diseñar o implementar políticas o proyectos, y que obliga a tomar decisiones difíciles entre objetivos contradictorios.

Los conflictos se producen, por ejemplo, cuando la producción de alimentos o de energía o el acceso al agua compiten por los mismos recursos naturales, y la expansión de un elemento impide o afecta al crecimiento o sostenibilidad de los otros. Como se ha expuesto anteriormente, la interrelación entre los tres elementos evidencia esta competencia.

Y cuando las decisiones se toman atendiendo a la mejora de uno solo de los tres elementos, los efectos sobre los otros pueden ser altamente negativos. Por ejemplo, las grandes infraestructuras hídricas se construyen persiguiendo la producción de energía o el abastecimiento de agua para usos agrícolas o urbanos, pero pueden comprometer fuertemente a los ecosistemas, los recursos hídricos y los sistemas alimentarios situados aguas abajo. Según un informe de la Comisión Mundial de Presas del año 2000, entre 40 y 80 millones de personas han sido desplazadas en todo el mundo por las presas, y millones de personas que viven aguas debajo de las mismas han visto sus medios de subsistencia seriamente dañados, y se ha puesto en peligro la productividad futura de sus recursos.

Otro ejemplo de conflicto se encuentra en los cultivos para producción de agrocombustibles, que se promueven con fines de generación de energía, pero compiten fuertemente con la producción de alimentos y la seguridad alimentaria, así como con el suelo o los recursos hídricos.

También el sistema agroalimentario actualmente vigente es una fuente de conflictos, ya que el incremento de la producción de alimentos bajo el modelo actual conllevará un aumento del uso de fertilizantes químicos, lo que requiere ingentes consumos de agua y energía, y la consiguiente emisión de gases de efecto invernadero procedentes de los combustibles fósiles empleados en estos procesos.

Estos y otros conflictos se deben muchas veces a que las decisiones sobre agua, alimentación y energía se definen atendiendo a grupos de interés con gran poder en cada uno de estos ámbitos, o porque se tienen en cuenta uno solo de los elementos sin atender a su efecto sobre los otros.

Por tanto, es necesario un cambio en el modelo actual de gobernanza del agua, la alimentación y la energía, incorporando un enfoque eficiente económica y ambientalmente, y que ponga en el centro de las políticas y acciones la mejora de los medios de vida de las personas y la sostenibilidad ambiental.

Jorge Castañeda Pastor, Responsable de Campañas y Comunicación Externa de ONGAWA

Agua y Energía: imprescindibles para una vida digna

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4 de la mañana en una aldea del norte de Mozambique. Albertina se levanta para recorrer cinco kilómetros a pie hasta la vieja fuente, desde la que traerá para su familia veinte litros de un agua dudosa. A su vuelta, pasará buena parte del día en la casa, preparando la comida en una cocina vieja y poco eficiente, que carga el aire de un humo denso que hace toser a sus hijos.

La situación de Albertina es la de muchas mujeres en África subsahariana, América Latina o el sur de Asia. Los efectos sobre su vida (salud, educación y bienestar) de la falta de un acceso adecuado a agua y energía son compartidos por millones de personas en estas zonas del mundo. La falta de agua limpia causa el 80% de las enfermedades, y el humo de cocinas y calefacciones tradicionales causa al año más muertes que la malaria y la tuberculosis juntas.

Para Albertina, las carencias en agua y energía son dos caras de la pobreza, su principal problema, pero durante décadas ambos temas han funcionado como compartimentos estancos en la agenda de gobiernos, empresas y organismos internacionales. Desde hace un par de años, sin embargo, el nexo entre agua y energía ha pasado al primer plano de la agenda de desarrollo global por su importancia en grandes retos globales como el cambio climático, la lucha contra la pobreza y la sostenibilidad ambiental.

Según el último informe de Naciones Unidas sobre la materia, las proyecciones ofrecen un panorama en el que el crecimiento de la población mundial y de la economía – sobretodo en regiones emergentes – dispara la demanda de agua y energía. Teniendo en cuenta datos como que el 90% de la generación de energía es intensiva en su utilización de agua, o que ya hoy el sector energético es responsable del 15% de la extracción de agua, resulta evidente que la interdependencia entre agua y energía exige superar perspectivas sectoriales y avanzar hacia un enfoque integrado sobre ambos factores.

No es probable que alguien como Albertina tenga acceso a estos datos. El asunto clave para ella – y para millones de personas en circunstancias parecidas – es que su acceso al agua y la energía, esenciales para una vida digna, no quede relegado en una agenda centrada en los grandes números del crecimiento económico. De todos depende que no sea así.

José Manuel Gómez, Responsable de Comunicación Institucional de ONGAWA

Un post al final del año del agua y la energía

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Terminamos el año 2014 y es hora de mirar atrás para reflexionar y tomar nuevas decisiones en aras a conseguir el objetivo buscado: “Derecho Humano al Agua y al Saneamiento para TODOS”.

¿Cómo ha cambiado la situación mundial en relación con el Derecho Humano al Acceso al Agua y al Saneamiento?; ¿Qué hemos de tener presente hoy para conseguir que este Derecho sea una realidad en TODO el mundo antes de fin de siglo?

Según el Informe GLASS 2014 de la OMS existen en el mundo 748 millones de personas que no tienen acceso al agua potable, es decir más de 100 veces la población que vive en una ciudad como Madrid no dispone de agua en buen estado para su consumo a menos de 1.000 m. de su casa o tiene que emplear más de 30 minutos en conseguirla. Resulta difícil concebir esta realidad desde el cómodo lugar desde el que escribo.

Sin embargo, aun siendo conscientes de lo que falta por conseguir, no hemos de olvidar que también tenemos noticias muy positivas que contar: los objetivos del milenio en lo relativo al acceso al agua potable se han conseguido ya desde el 2010; además, en el último año se redujeron en 20 millones las personas sin acceso al agua en el mundo.

Los organismos involucrados en la toma de decisiones deberán tener en cuenta que las condiciones en las que nos movemos no son las mismas que eran, ya que han ido cambiando en los últimos años; asistimos a una compra masiva de tierras en África por países extranjeros lo que, sin duda, aumentará la demanda de agua para la agricultura en lugares donde la accesibilidad al agua potable no está garantizada; la deuda de los países más pobres sigue aumentando y, por tanto, su capacidad de inversión en un futuro se halla enormemente comprometida; asistimos a una caída brusca en la inversión por parte de todos los agentes intervinientes empujada por la situación económica actual: en los últimos años se ha producido una clara disminución de los fondos empleados por países ricos en ayuda al desarrollo, ejemplo extremo de ello es la ayuda oficial española que ha caído en términos relativos a su RNB en un 63% desde su máximo en 2009, según informe de la Coordinadora de ONGD, y a este, podríamos añadir muchos otros ejemplos.

Todos estos cambios, evidencian que la situación hoy no es la misma que ayer, y por tanto, hemos de ser conscientes de la necesidad de adaptar las medidas necesarias a las nuevas realidades existentes, para evitar; como señala el Informe “The United Nation World Water. Development report 2014. Water and Energy”, que las previsiones futuras puedan afectar gravemente al no cumplimiento de los ODM.

La demanda de agua dulce y energía continuará aumentando significativamente en las próximas décadas, como consecuencia del crecimiento de la población y los cambios en los estilos de vida que harán aumentar aún más la presión sobre los recursos naturales y los ecosistemas. La demanda global del agua se incrementará un 55% en el 2050 como consecuencia del crecimiento de la industria (400%) y de la generación de energía (140%). Por otro lado, el 40% de la población mundial vivirá en regiones con importantes tensiones en el reparto del agua, y los recursos hídricos están disminuyendo como consecuencia de la sobre-explotación de los acuíferos. Además, el crecimiento de las demandas energéticas de electricidad serán aproximadamente del 70% hacia el 2035, siendo el 90% de los sistemas de producción de energía intensivos en uso del agua.

Este nuevo escenario mundial en el que nos movemos, indudablemente distinto de aquél en el que nos encontrábamos cuando se establecieron los ODM para esta década pasada, debe ser estudiado minuciosamente por todos los organismos intervinientes, pues requiere de la adopción de las medidas necesarias para adecuar los medios existentes a la realidad actual. Y esta visión es la que debe presidir la elaboración de las agendas post 2015; sólo así, se podrá conseguir el objetivo de garantizar el acceso al agua y saneamiento a TODOS a final de siglo.

En definitiva, las decisiones que se tomen para resolver el problema de acceso al agua y saneamiento tienen necesariamente que tener en cuenta la nueva dimensión económica, social y medioambiental a la que nos enfrentamos hoy a nivel mundial. Sólo las decisiones encaminadas a la consecución de un desarrollo sostenible en relación con el problema de acceso al agua a nivel mundial, permitirán cumplir los objetivos marcados en este campo.

Daniel Manceñido, Área Sectorial de Agua de ONGAWA

Agua, energía y cambio climático desde la óptica de los DDHH

El 10 de diciembre se celebra el Día de los Derechos Humanos, que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en 1950. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se presenta como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella.

Según el Informe sobre Desarrollo Humano 2006 “Los derechos humanos no son optativos. Tampoco son una disposición legal voluntaria que se adopta o se abandona según el capricho de cada gobierno. Son obligaciones exigibles que reflejan valores universales y conllevan responsabilidades por parte de los gobiernos”.

En un año 2014 en el que Naciones Unidas ha resaltado la interrelación entre el agua y la energía, y en el que la agenda de lucha contra el cambio climático continúa siendo más urgente que nunca, desde ONGAWA proponemos reflexionar sobre estos temas, agua, energía y cambio climático, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El Agua es un Derecho Humano

El 28 de julio de 2010, a través de la Resolución 64/292, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció explícitamente el derecho humano al agua y al saneamiento, reafirmando que el agua y el saneamiento son esenciales para la realización de todos los derechos humanos.

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Según aparece en la Observación general 15, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales establece que “El derecho humano al agua es el derecho de todos a disponer de agua suficiente, salubre, aceptable, accesible y asequible para el uso personal y doméstico”.

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A pesar de estos logros, una de cada cinco personas en el mundo (20%) no tiene agua potable segura, siendo las mujeres la población más afectada.

¿La Energía es un Derecho Humano también?

Aunque para nosotros encender la luz, el ordenador o cargar el móvil resulta habitual, todavía es desconocido para 1.300 millones de personas por no tener acceso a la energía eléctrica. Más del 60% de la población africana no tiene acceso a la energía eléctrica, la mayor parte de la cual se encuentra en las zonas rurales del continente.

A pesar de que la energía no está reconocida internacionalmente como un derecho humano, a todas luces debería serlo. La falta de energía genera un círculo perverso y vicioso de pobreza y estancamiento y hace que muchas personas se encuentren en desventaja con relación a otras que sí disponen de ella. Por este motivo, es muy importante proponer soluciones y avanzar en la disminución de esta gran brecha de desigualdad porque la energía es un facilitador del desarrollo.

Garantizar el acceso a formas modernas de energía para toda la humanidad y hacerlo de modo que no se incrementen las emisiones de gases de efecto invernadero son dos de los grandes retos que afronta la humanidad en el siglo XXI. Porque la cuestión energética está estrechamente relacionada con los grandes desafíos globales, como el desarrollo humano, la reducción de la pobreza, la degradación medioambiental, el cambio climático, la seguridad alimentaria, la salud, la educación o la igualdad de género. Se requiere de importantes cambios en los sistemas energéticos para asegurar energía disponible, fiable y asequible y lograr un equilibrio adecuado entre la creciente demanda de energía (particularmente en países en desarrollo) y la urgente necesidad de proteger el medio ambiente.

La energía es un ingrediente tan esencial en toda actividad humana que las condiciones de su suministro, tanto en cantidad como en calidad, son un factor determinante para la sostenibilidad de nuestras sociedades.

El agua y la energía son cruciales para el bienestar humano y el desarrollo socioeconómico sostenible. Sin agua no es posible la vida y sin energía no es fácil obtener agua en la cantidad y calidad necesarias para el consumo humano o la actividad productiva. Energía y agua están profundamente relacionadas: la mayoría de transformaciones energéticas precisan de agua y el ciclo integral del agua no es posible sin energía.

¿Qué pasa con el cambio climático y los derechos humanos?

El cambio climático tiene un gran impacto sobre las personas, la biodiversidad y los recursos naturales, lo que conlleva un gran riesgo para la garantía de los derechos humanos, como consecuencia del aumento del nivel del mar, los cambios en el ciclo hidrológico, los fenómenos climatológicos extremos o la degradación de los suelos.

Prestando atención, por ejemplo, a su efecto sobre el acceso al agua, desde la óptica del derecho humano a este recurso es preciso y urgente adoptar medidas de mitigación y adaptación al cambio climático de forma que se protejan las fuentes de agua dulce y se adapten las infraestructuras a fenómenos meteorológicos extremos.

Por otro lado, la relación entre la energía y el cambio climático es crítica, y, por tanto, debe tenerse en cuenta desde una perspectiva de derechos humanos. La energía y el modelo energético actual es la primera causa en el origen del cambio climático. La energía representa hoy alrededor del 40% de las emisiones globales totales de CO2 y, en países industrializados, puede suponer entre el 60 y el 70%. Hablar de energía es por tanto asumir también el reto del cambio climático y sus amenazas, que ponen en peligro los avances logrados durante las últimas décadas en materia de desarrollo.

Para luchar contra el cambio climático y minimizar sus consecuencias sobre los más vulnerables es imprescindible la transición del actual modelo energético insostenible basado en la quema de combustibles fósiles y dirigir los esfuerzos hacia un desarrollo basado en energías limpias, eficientes y renovables. Se debe terminar con el subsidio a los combustibles fósiles y tomar medidas para la reducción del consumo energético global (fundamentalmente de los países desarrollados). Alcanzar estos objetivos requiere una verdadera revolución energética, en palabras de la Agencia Internacional de la Energía.

En definitiva, el cambio climático y el acceso al agua y a la energía suponen tres de los mayores desafíos para el desarrollo humano y sostenible y para la consecución de los derechos humanos.

Si se pretende erradicar verdaderamente la pobreza hay que hacer frente a la necesidad urgente de desacelerar el cambio climático, defender el derecho al agua y lograr el acceso universal, asequible, fiable y sostenible a la energía. Tres grandes retos interconectados.

Guadalupe León, Área Sectorial de Agua, y Miquel Escoto y Patricia García, Área Sectorial de Energía de ONGAWA

Algunas notas de la Jornada sobre el Nexo Agua – Alimentación – Energía de ONGAWA

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En ONGAWA llevamos un tiempo dándole vueltas a esto de los nexos, es decir, las conexiones entre varios elementos clave para el desarrollo. En este sentido, por ejemplo, la semana pasada organizamos una jornada sobre el nexo agua – energía – alimentación.

Aunque el contenido de la jornada no se correspondía al 100% con los objetivos de este blog (aquí el componente alimentación lo hemos sustituido por el cambio climático), salieron algunas ideas que, ya que pude asistir a la jornada, voy a compartir en este post.

Mi compañero Eduardo centró su intervención en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Alertó sobre la existencia de objetivos relacionados con el incremento de la productividad agrícola y la producción de energía que supondrán un mayor consumo de agua y que es posible que supongan una competencia con el consumo humano y, por tanto, con el Derecho Humano al Agua.

Por otra parte, puso sobre la mesa que dependiendo de cómo se aborde el objetivo de acceso a la energía (si por ejemplo se realiza en base al consumo de combustibles fósiles) puede acelerar los efectos del cambio climático.

Ulrike Pokorski, de la GIZ, comenzó con algunos datos: en 2030 la brecha entre demanda y recursos hídricos disponibles será del 40% y en el caso de la energía del 50%.

Vinculando el tema con la pobreza, destacó que aquellos países con más recursos económicos tendrán opciones para asegurar el acceso al agua y puso como ejemplo Arabia Saudí que dispone de este recurso aunque sea desalando agua de mar (para lo que, por cierto, se necesita energía que puede contribuir al cambio climático). Destacó también el caso de Marruecos donde se están instalando plantas de energía solar que necesitan agua para la producción de energía y que está compitiendo con el uso de agua para la producción de alimentos y, por tanto, contribuyendo a generar pobreza en determinadas zonas y colectivos.

De la presentación de Gonzalo Marín, experto en cuestiones relacionadas con el agua, destaco que en los últimos años, desde 2000 aproximadamente, se están poniendo en cuestión los beneficios de la construcción de presas, construcción que en décadas anteriores fue intensamente apoyada desde las instituciones financieras internacionales, especialmente el Banco Mundial. Las presas, que tenían como objetivo mejorar el acceso al agua y la energía, han tenido impacto en millones de personas que viven aguas abajo de esas grandes infraestructuras, dañando seriamente sus medios de vida como consecuencia de los cambios en el régimen hidrológico. Esto ha ocurrido especialmente en China, India, Brasil y Turquía donde se documentan numerosos conflictos sociales.

El director de Prosalus, Jose María Medina, hizo un interesante análisis sobre los agrocombustibles (energía) cuya producción en 2010 supuso un consumo de agua de 1 hm3 al día, compitiendo en numerosas ocasiones con el consumo humano.

Estas son sólo algunas ideas de algunos de los ponentes de la jornada. Si estáis interesados en saber más sobre el resto de las intervenciones, en nuestra página web hemos colgado un resumen de las jornadas y todas las presentaciones de los ponentes.

Jorge Castañeda Pastor, Responsable de Campañas y Comunicación Externa de ONGAWA